lunes, 12 de diciembre de 2016

Lolei. Memorias de lo inconfesable (Epílogo)





EPILOGO


La mañana de mi cumpleaños número veintitrés, visité al escribano en su oficina de calle 48 y, tras abonar el último de los cánones administrativos del trámite de sucesión notarial iniciado semanas antes, quedamos en encontrarnos en el departamento de Lolei aquella misma tarde para proceder a la rúbrica del documento.
Recuerdo haber acudido a esa cita minutos después de rendir el último de los finales preparados para esa instancia de exámenes. Había aprobado sin demasiada holgura pero igual me sentía aliviado. Mientras esperaba la entrevista, me regocijé por última vez con la despampanante figura de su secretaria, una morocha voluptuosa con rostro felino y culo de vedette. No estaba nada mal para ir desandando la jornada. Quedamos en encontrarnos a las cinco de la tarde.
Con la sensación de haberme sacado una mochila del peso de un transatlántico, volví a mi casa para comunicar la novedad al viejo. Una vez más me recibió ansioso, sabedor de que el final de la odisea se acercaba. Pero prefirió no tocar el tema. Sólo me felicitó por mi éxito en la facultad y pidió algo para comer.
Cociné milanesas y almorzamos juntos. Hablamos de menudencias. Me preguntó sobre el examen y le conté sobre los temas desarrollados, sobre mis nervios, mis titubeos y la buena predisposición del profesor que me salvó de un fracaso horrible. Trató de reanimarme recordando sus propias experiencias en las pruebas orales y de varias frustraciones cosechadas a causa del nerviosismo.
-Ya verás que con el tiempo irás superando esos estados angustiantes-, auguró.
Se equivocó y mucho.
Quiso dormir la siesta y me pidió que me fuera. Le dije que yo haría lo mismo; estaba exhausto luego de una larga noche de estudio a contrarreloj. Llegué con el cansancio de meses a cuestas y sentía que a partir de ese momento comenzaban las vacaciones. “Estoy para apoliyar dos días seguidos”, sugerí.
Pero le recordé que a las cinco vendría el escribano para firmar los papeles de la sucesión y sería conveniente para ambos estar presentables y despabilados. Le pedí que me llamara en caso de no bajar un rato antes de esa hora.
Por primera vez después de un duro batallar de meses, no me iba molestar despertarme con sus trituradores gritos destemplados.
No hubo manera de que conciliara el sueño y minutos después de las cuatro ya estaba nuevamente sentado al lado de su cama. Él estaba tan dormido que no escuchó cuando entré. Lo observé descansar un buen rato, como quien contempla a un moribundo en la sala de un hospital.
Mientras lo miraba me asaltaron innumerables imágenes y voces de los días vividos bajo aquel techo. No recuerdo exactamente qué reviví, sé que fue una película carente de pensamientos. Sólo percepciones fluctuantes, vagas, como de otras vidas. Como ese famoso túnel que, dicen, lograron recorren quienes tuvieron una pata más allá.
Nos sacó del sopor el sonido del timbre.
Eran mi papá y mi tío, que llegaban puntuales a la cita. Ambos eran parte esenciales del proceso a cumplir frente al escribano y habían viajado exclusivamente desde la capital, sacrificando preciadas horas de sus respectivos trabajos. Lolei los recibió con el júbilo de siempre.
Sugerí una ronda de mates mientras aguardábamos al escribano. Pero cuando me estaba yendo a prepararlo, el viejo pidió ir al baño. Eso significaba que los visitantes debían retirarse. A mi amigo le daba pudor que personas desconocidas participaran de un rito que nos pertenecía  sólo a nosotros. Aún en su visible decadencia, trataba de ser escrupuloso con su compostura.
Mientras los otros se retiraban hasta mi casa, Lolei y yo enfilamos para el baño a paso lento y decidido. Propuse un somero aseo a su desaliñada figura, para no quedar como un zaparrastroso delante de los visitantes. Accedió sin quejarse y luego de una furibunda defección     -que debí simular con abundante desodorante de ambiente- le lavé celosamente la cara y las manos. Lo peiné con una ridícula raya al costado. Al regresar al camastro, le acomodé la camisa y el pantalón. No quedó como un dandy pero ya no se parecía tanto a un pordiosero.
Nos demoramos un par de horas en una encendida charla dirigida por Lolei. Nos cargó de preguntas a los tres y emprendió repetidas anécdotas de su pasado glorioso y linajudo. En su afán de mostrar conocimientos, citó títulos de libros y de películas sin demasiado criterio.
No tardó, en medio de su vorágine discursiva, en hallarnos parecidos a gente famosa o estrellas de cine. Buscar similitudes entre las personas era uno de sus pasatiempos favoritos. Así, mi tío pasó a llamarse Julio Iglesias, mi papá William Holden y yo, Martín Hewitt. Tiempo después, en tren de corroborar sus apreciaciones, descubrí que las similitudes ensayadas por el viejo eran prácticamente inexistentes, o cuanto menos descabelladas.
Nos salvó la llegada del escribano, pasadas las siete de la tarde.
El trámite fue rápido. Se leyeron las actas del acuerdo y sus puntos relevantes. Se rubricaron las copias. Lolei garabateó su firma con la mano temblorosa. Poco y nada quedaban de su esmerado estilo de caligráfico de mujercita adolescente que había descubierto en sus interminables manuscritos. Pidió perdón por su desprolijidad y atribuyó al avance desproporcionado de su enfermedad, que entorpecía hasta el más simple de sus movimientos. Pero con el consentimiento público bastaba para suscribir el documento y el percance aludido quedó en un segundo plano.
La charla se extendió brevemente, pese a la insistencia del viejo. Cumplido el oficio, todos los presentes se apuraron a retirarse. Le expliqué que sus tiempos eran muy distintos al suyo, y lo entendió. Saludó efusivamente a los tres, con reiteradas palabras de agradecimiento.
En la puerta del edificio, convinimos con mi padre el día del traslado del viejo. Sería el veinticuatro, víspera de la navidad. Lolei encontró en esa fecha una señal de renacimiento y lo celebró.
Ya solos, cenamos sin grandes pompas y me retiré a descansar.
Había finalizado un día –y un año- extenuante. También lo fue para él. Con la sensación de que todo estaba resuelto, sólo nos quedaba un día para liquidar los últimos aprestos antes de la partida.
-Hoy sí nos merecemos un descanso sin interrupciones-, le dije mientras acomodaba todas las vituallas en torno a su camastro.
Prometió dejarme dormir a destajo. Y cumplió.

El día siguiente se esfumó en preparativos para el viaje. Una valija desvencijada bastó para acomodar lo aprovechable que quedaba de su ropa. Apenas algunas remeras gastadas, camisas harapientas, pantalones decolorados por los años y un par de camperas y sacos antiguos pero decentes poblaron de inmediato la maleta. Descartamos cargar sábanas, toallas y frazadas, que él insistía en trasladar. Pero logré convencerlo de su inutilidad aduciendo, con razón, que recibiría unas en mejor estado.
De hecho, se trataban de trapos y fue lo primero en tirar a la basura cuando regresé a la casa un mes más tarde. Para completar el equipaje guardamos una docena de libros, cuadernos sin usar, lápices y una gruesa carpeta con sus remotos escritos, casi a manera de amuleto. El resto de todo lo que quedaba en el departamento era su legado hacia mí.
Sólo hizo una excepción, que solicitó encarecidamente como si fuera un último deseo: llevarle personalmente algo a Lolita. Se trataba de una cantidad de vetustos retratos pertenecientes a la familia de su ex esposa, que formaban parte del conjunto de materiales conseguidos en sus años de investigaciones genealógicas. Me pidió -y me lo recordaría varias veces en los meses siguientes- que no me olvidara del encargo.
Nunca cumplí.

La mañana del veinticuatro de diciembre, un sábado caluroso y prístino, amanecimos más temprano de lo habitual. El viejo me esperó despierto y con una serena impaciencia. Como cada día, escuchaba su audición radial a un volumen elevado, que retumbaba impiadoso en el hondo silencio del edificio. Nos aguardaba el último lavado.
Ventilé la casa mientras él desayunaba. Subí en busca del armamento sanitario y al regresar lo encontré semidormido. Me aclaró que tenía los ojos cerrados porque le molestaba el excesivo fulgor de la resolana que se colaba por las diminutas ventanas de la casa. Se había desacostumbrado a semejante brillo.
Enfilamos para el baño. El viaje se nos hizo más costoso que de costumbre. Le dolían demasiado las piernas y se frenaba ante cada paso avanzado. Después noté que lanzaba tibios quejidos a medida que lo desvestía, ante cada movimiento de sus extremidades. Sin hacer caso a sus lamentos, lo fregué con ahínco y lo enjuagué en exceso. Se dejó afeitar sentado en el mismo banquito, envuelto en su toallón para moderar el frío. Luego le recorté los pelos de la nariz y de las orejas, y le esquilé una maraña de canas de su cabeza. Tiritando, me pidió volver a la cama.
Comencé a vestirlo. Se sorprendió hasta el agradecimiento cuando me vio sacar de la caja un calzoncillo nuevo que le había comprado especialmente para la ocasión.
“Hacía años que no estrenaba un slip”, acotó.
Lo elogió como si se tratase de un smoking. Aunque se ajustaba bien en su ancha cintura, noté que le quedaba un tanto holgado. Para justificar mi pésimo ojo a la hora de calcular los talles, le dije que le estaba faltando culo y pelotas para rellenarlo. Se rió.
Le puse su jean preferido, recién lavado, con un nuevo regalo: un cinturón blanco, de cuero, ahora amarillento, al que debí improvisar un agujero para que se ajustara correctamente. La tercera sorpresa, que recibió ya sin tanto asombro, fue una chomba azul que alguna vez me había ponderado. Esa sí le calzaba a la perfección.
Antes de regresar al comedor, lo desvié un metro hacia el otro lado de la habitación, donde se hallaba un gran espejo empotrado en la pared.
-Mirate, parecés Rodolfo Valentino-, le dije.
Lolei se observaba a sí mismo de arriba abajo, con cierta extrañeza.
-No estoy tan mal-, atinó a presumir, con su ancha sonrisa desdentada, sosteniéndose con firmeza sobre mi hombro. Invitó a desandar el camino hasta su camastro.
Al llegar, envalentonado por tanto acicalamiento, pidió cortarse las uñas. Entonces acometí con denuedo sobre sus pies. Y continué con sus manos. Lo bañé en desodorante y colonia para el cuerpo. Cansado por tanto zarandeo, quiso dormir al menos hasta el mediodía.
Mi padre llegó antes de las dos de la tarde. Yo también lo esperaba durmiendo. Mi pequeña mudanza vacacional estaba lista desde la noche anterior. Ultimamos detalles. Él, cansado por tantos viajes, prefirió descansar un par de horas. Cedí mi cama y me fui a pasear por la ciudad.
Me demoré en una librería sin comprar nada y fumé varios cigarrillos en un banco de plaza Italia, mirando a la gente pasar. Con la mente en blanco y una rara sensación de tristeza.
Tal como habíamos convenido con papá, a las cuatro de la tarde me volví. El viejo estaba despierto. Le comuniqué que partiríamos en cuestión de minutos. Llamé a mi padre y le ofrecí mate. Decidimos tomarlos en el camino. Comenzamos a bajar mis trastos. Luego volvimos por Lolei.
Llevé sus valijas hasta el vehículo mientras papá armaba la silla de ruedas que había llevado especialmente para trasladar al viejo escaleras abajo. Fue una sabia solución. Lo cargamos entre ambos y nos costó poco trabajo bajarlo. Lo acomodamos en el asiento trasero de la camioneta, donde el viejo se sintió muy a gusto.
Regresé a cerrar con llave las puertas de ambos departamentos. Contemplé durante algunos segundos el camastro de Lolei y no pude evitar que la garganta se me hiciera un nudo y mis ojos se llenaran de lágrimas. Sabía que ese lugar vacío jamás sería llenado.
Me interrumpió el ruido de la puerta del departamento de Dora. Me llamó para saludarme. Me dijo “gracias por todo” y me dio un beso ruidoso. Sin poder responderle, di media vuelta y me fui.

Llegamos a Rojas cerca de las ocho de la noche. El hogar estaba colmado de gente. Nos recibieron con efusividad.
“Los estábamos esperando”, nos dijeron.
Como cada víspera de navidad, el coro de la ciudad ofrecía un concierto para los internos y sus familiares. Los rostros animados de los abuelos contagiaban esperanza.
Colocamos a Lolei en medio de la multitud y disfrutamos del espectáculo. Sonriente y feliz, el viejo no me dejó despegarme de él. Repartieron pan dulce y siguieron los villancicos. Al rato comenzó el desbande.
Junto a un par de enfermeras, lo acompañamos a su nueva habitación. Llegó el momento de despedirnos.
En silencio, me dio un fuerte abrazo, como nunca antes lo había hecho.

Ambos sabíamos que no había nada más para decir.

No hay comentarios.:

Publicar un comentario